Me quedé de pie en medio del salón, con el abrigo aún puesto y el agua goteando al suelo. Entonces, sin previo aviso, las piernas me fallaron. Me dejé caer de rodillas sobre la alfombra suave, con las manos apoyadas en el vientre.
—No puede ser… —susurré, y la voz me salió rota, temblorosa—. Sebast