A partir de esa noche, algo cambió dentro de mí.
La rabia no desapareció, pero la convertí en combustible. Dejé de sufrir en voz alta. Dejé de revisar el teléfono cada cinco minutos. Dejé de abrazar su almohada buscando un olor que ya casi no existía. Simplemente… me levanté y seguí adelante.
Los