—Gracias, Chloe.
Dejé la bandeja en la mesa baja. Me senté en el borde del sofá, lo más lejos posible de Sebastián, pero él se movió un centímetro hacia mí. Nuestros muslos quedaron a menos de un palmo. Podía sentir el calor que desprendía su pierna.
Elena tomó su taza y dio un sorbo pequeño.
—Es