Me levanté, me puse una bata y abrí la puerta. El olor a café recién hecho llegaba desde la cocina. Sebastián estaba allí, de espaldas, con la misma ropa de ayer. Se giró al oírme.
—Chloe… —empezó, con voz ronca.
—No —lo corté antes de que pudiera seguir—. No quiero hablar de anoche. Ni de París.