Nos quedamos allí de pie, hombro con hombro, mirando los cuatro palitos como si fueran bombas a punto de estallar. El silencio era tan denso que podía oír mi propia sangre latiendo en los oídos.
Sebastián fue el primero en moverse. Extendió la mano con cuidado, como si temiera romper algo, y giró l