—Buenos días —murmuró, rozando mi frente con los labios.
—Buenos días —respondí, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba.
No preguntó nada. Simplemente se quedó ahí, pegado a mí, como si su cuerpo entero fuera una promesa de no soltarme.
Y cumplió.
Todo ese sábado fue una especie de burbuja pega