—¿Te duele el estómago? —pregunté en voz baja.
Asintió apenas, sin moverse.
—Un poco. Mucho, en realidad.
Me levanté del sillón. Fui a la cocina en silencio. Abrí el armario de las y saqué el antiácido. Llené un vaso con agua fresca, disolví dos pastillas y volví al salón.
—Toma —le dije, extend