Mamá y yo nos quedamos mirando la puerta cerrada un rato más, como si Sebastián fuera a reaparecer con esa sonrisa torcida diciendo “ya está, todo arreglado”. Pero no volvió. El pasillo se llenó del olor a desinfectante y del eco lejano de un carrito de medicamentos.
Le escribí primero a las 21:14,