Una mano suave, que le tocaba de forma vacilante, penetró en su borrachera. Tan suave y tan relajante.
Le recordó cuando era un jovencito en las rodillas de su madre. Su madre le leía y le enseñaba a hacer cálculos. Lo elogiaba y le acariciaba los suaves rizos de la cabeza cuando hacía las cosas bien.
La pequeña mano que acariciaba su muslo, y ahora, su pelo, era como un bálsamo calmante para su alma herida. Para su cabeza enloquecida.
Uno por uno, sus demonios comenzaron a retroceder. Uno