CUARTA PARTE: LA DESGRACIA DE ESTAR CONTIGO.
Cuando llego a casa veo que el auto de Ross sigue aquí. No me sorprende, seguro está esperando que lo ponga al día del desastre local. Suspiro abriendo la puerta. Ross se asoma desde el respaldo del sofá y me sonríe, mientras cierro.
—Buenas tardes, guapa ¿Cómo salió el tratado de paz?
—No tan mal — exhalo.
Me dirijo al sofá, quitándome el abrigo y tirándolo en el silloncito individual de al lado. Me dejo caer en el extremo opuesto de donde está