40. Necesitamos límites
GIO
Las mujeres que contraté a mis hombres seguían disfrutando sin parar en varias posiciones, me quedé viéndolos un rato y tuve una molesta erección ya que no tenía quien la atendiera, la pelirroja parecía estar a punto de desmayarse en cualquier momento y no sé cómo tratar con ella, así que la tomé de la mano y subí con ella las escaleras para guiar.
—¿Has hecho esto antes? —le pregunté a la linda muchacha.
—Sí —respondió honestamente y eso me gustó.
—¿Por qué tan nerviosa? —pregunté viéndola