—Debería tomar una siesta, señor. Lo despertaré puntualmente a las dos —sugirió Aurelio.
—No dormiré. Déjame ver la presentación para la reunión de la tarde —ordenó Lorenzo.
—La reunión es a las cinco, no hay prisa. Usted... —comenzó Aurelio, pero al encontrarse con la mirada del señor Cárdenas, cerró la boca y envió los archivos.
Observaba el estado mental de su jefe con preocupación. No parecía normal.
Además, no había mencionado nada sobre su esposa en todo el día, ¿no había encontrado inform