En medio del caos, Gabriel y Andrés luchaban como dos bestias.
Aunque Andrés tenía entrenamiento profesional, Gabriel, en su estado descontrolado, era una fuerza bruta, casi imparable. La tierra salpicaba y las ramas se rompían mientras los golpes resonaban con fuerza en el aire.
A lo lejos, en el auto negro estacionado en las sombras, Isabella y Viviana observaban con sorpresa la escena que se desarrollaba en el jardín.
—¡¿Por qué no me dijiste que Lorenzo también estaba aquí?! —la voz de Isabe