Celeste estaba muy inquieta. Sus delicados dedos se apretaban con fuerza mientras guardaba silencio. Lorenzo la observaba con calma, con una mirada tranquila. Sus largos dedos golpeaban suavemente la superficie de la mesa, y el sonido constante resonaba como los latidos del corazón de Celeste.
En su interior, Celeste se decía a sí misma:
—Una vez. ¡Solo esta vez!
Mordió su labio y dio un paso hacia Lorenzo. Aunque la distancia desde la zona de visitantes hasta donde se encontraba Lorenzo no era