A la mañana siguiente, Julien se despertó temprano, ansioso por llegar al campo de práctica.
—Buenos días —dijo Lacey, dándose la vuelta en su cama, donde pertenecía—. Dame un minuto y me prepararé...
—Absolutamente no —gruñó Julien—. Quédate en la cama y deja que tu pierna sane.
Una mirada de decepción coloreó su rostro, su puchero se veía tan lindo. —¿Pero qué pasa con mis jóvenes guerreros?
Julien sonrió. No se le pasó por alto que ella se había referido a ellos como sus jóvenes guerr