No pudo haber sido peor. No pudo haberse empeorado el momento.
Ana salía tomada de la mano junto con su novio: él, el profesor que me gustaba, Alex.
Estaba intentando no verlo desde el primer día que intenté lanzarme del puente. Pero ahí estaba, deteniéndose con su novia en la recepción para despedirse del repertorio de chismosos que siempre echaban raíces ahí.
Pasaron por completo de mí, no se despidieron, y yo comencé a sentir que mi cara era pintada con colores de payaso. ¡Me había preocupad