64. Obedeciendo
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Un pensamiento me golpeó de lleno, helándome la sangre.
—¿Y si no se fue por su cuenta? —pregunté en voz alta, mirándolo directamente a los ojos.
Adrián frunció el ceño.
—Señor, no encontré señales de que algo violento haya ocurrido en la habitación de la señorita Zaira, no sé que la hizo huir. Su habitación estaba en orden, no había nada sospechoso —me explica Adrián.
—No me importa lo que no viste. Si alguien la tomó, si alguien está… —Me detuve. La idea era insoportable, pero también