50. Llorar a mares
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Zaira
Sentada en el taxi, no podía dejar de revivir cada instante de la fiesta de compromiso. Las palabras hirientes, las miradas juzgadoras, y finalmente, el desastre. Mis lágrimas caían incesantemente, surcando mis mejillas como ríos desbordados. El chófer, un hombre de mirada compasiva, me ofreció un paquete de pañuelos desechables.
—Gracias —murmuré, sin encontrar fuerzas para mirarlo a los ojos mientras tomaba uno para secar mi rostro.
Quería dejar de llorar, quería ser fuerte, pero mis