Ariane
— Vas a recorrer la sala del comedor a cuatro patas —ordeno con frialdad.
Tomo la correa y la engancho a su cuello. La hago avanzar como si fuera un perro. Ella obedece, temblando, arrastrándose por el suelo con los ojos llenos de lágrimas. Las gotas resbalan por sus mejillas mientras atraviesa la sala bajo las miradas heladas de los presentes. Yo, por mi parte, me deleito. No imaginas cuánto placer me da verte así, humillada, reducida a nada. Es una venganza silenciosa, pero efectiva.