CAMERON
Una de las mucamas sirvió el té para Gregori y para mí, y ella y Thomas salieron del despacho. Sabía que Tom se quedaría en la puerta por si lo necesitaba, pero todos confiábamos en este hombre que ahora se sentaba en el sofá frente a mí, por lo que no importaba que estuviésemos en soledad.
—Cameron, de verdad lamento lo que le pasó a tu hombre… sé que has desarrollado un cariño especial por las personas que trabajan a tu alrededor —dijo él con voz calma.
—Gracias, yo… lo siento mucho p