Marta y Carlos, los incondicionales asistentes de Laura y Alex, se habían convertido en presencias constantes en el hospital. Traían café, comida, y sobre todo, una dosis de esa humanidad que el ambiente clínico a menudo ahogaba. Sus rostros reflejaban una mezcla de tristeza y una determinación silenciosa de apoyar a Laura.
"¿Comiste algo, Lau?", preguntó Marta una tarde, mientras colocaba una bolsa de frutas sobre la mesa. Su voz era suave, casi un murmullo, para no perturbar la quietud de la