69.
RAQUEL
La mañana llega despacio, sin prisa, como si el mundo me estuviera dando una tregua que no pedí pero que agradezco. Estoy en la cocina, descalza, con una mano apoyada en la encimera y la otra sosteniendo una taza de té que ya se enfrió. El hotel —porque sigue siendo un hotel, aunque a veces quiera olvidarlo— está en silencio. Demasiado.
Michael todavía duerme. O eso creo.
Respiro hondo y me concentro en algo simple: el sonido del agua hirviendo, el leve zumbido del refrigerador, el peso