Sarah se acomodó en el borde de la cama, acariciando la frente de Arthur mientras el niño descansaba después de recibir sus medicinas.
—Cariño, quiero hablarte de Maxwell —comenzó Sarah, bajando la voz—. Él es un buen amigo mío, alguien de hace mucho tiempo. Me gustaría que ustedes también fueran amigos.
Arthur la miró con esos ojos grandes y curiosos que tanto le recordaban a los de Maxwell, aunque todavía no podía decírselo.
—Ese señor me cae bien, mamá —respondió el pequeño con sinceridad—.