—No.
—Bien —su miembro descansaba pesado en mi palma, cálido, grueso y tan familiar como lo había sido hace diez años, aquella noche en que nos conocimos en el bosque y ni siquiera nos vimos los rostros en las sombras. Me llenó de la misma manera que en aquel entonces, rápido, deliberado y sumamente delicioso.
Gideon soltó un gemido bajo en su garganta, dejando caer la cabeza contra el respaldo del sofá mientras yo me sentaba por completo sobre él. Me mordí el labio y cerré los ojos, sintiendo