—Por supuesto que no —dijo Gideon, con una voz que implicaba que no le sorprendía que yo estuviera intentando recurrir a una treta como esa.
Que se fuera al diablo. Mis náuseas iban y venían en oleadas, y sentía que las ostras que habíamos cenado estaban a punto de regresar. Además, tenía que fingir que bebía la champaña, y el sabor agrio en mis labios hacía que se me revolviera el estómago.
—A las lobas les encanta jugar juegos, ¿verdad? —dijo Gideon con una risa fría, con los ojos fijos en m