Punto de vista de Avery
Los dolores por el hambre habían empeorado.
—Tienes que comer —gimió mi loba—. Si no por ti misma, al menos por el cachorro...
Apreté la mandíbula y me giré en mi cama, tiritando bajo la pila de pieles.
—No habrá ningún cachorro por el cual preocuparse si él me obliga a abortarlo.
Mi loba sollozó en respuesta, pero sabía que yo tenía razón. Había estado en huelga de hambre desde ayer; no había probado bocado desde el desayuno, el cual vomité después de comer solo un