—¡Oh, Dios! ¡Otra vez no! —gritó Ariel para que todo el mundo la escuchara. Su mejor amiga, al otro lado del mundo, la veía perder el control y, por más tentador que fuera reírse de su situación, sabía que Ariel no lo encontraría gracioso.
—¿Qué pasó?
—No puedo encontrar un vestido para ponerme —exhaló Ariel con fuerza, dejando caer las manos a los lados. Había estado revolviendo su armario en busca de algo presentable para su cita.
—Cálmate, Ari; la cita no es hasta mañana.
—Lo sé, pero necesi