Narrado por Luisa
Dominic me colocó encima de la gran mesa de mármol negro mientras yo me sentía aún más furiosa. El desgraciado me había cargado por varios y varios metros como un saco de patatas hasta ese maldito despacho, ignorando todos mis protestas.
Y eso me había dado una rabia de la mierda.
— No hagas puchero, Luisa —me censuró, colocando sus manos a cada lado de la mesa en la que estaba sentada, inclinándose sobre mí—. No me tientes, mi amor.
Miró mis labios con un brillo deseoso en su