Alicia comió otro pedazo del pastel, feliz de la vida, mientras yo daba otra mordida a mi tableta de chocolate amargo.
Mi trasero aún ardía de manera tan incómoda que ni siquiera había tenido valor de sentarme en una silla al lado de Alicia. Mierda, creo que hoy voy a dormir boca abajo.
— ¡Está muy rico! —exclamó con la boca llena de pastel, orgullosa de sí misma—. Somos excelentes haciendo pastel —completó enseguida, dando otra cucharada al pastel.
— Si lo somos —asentí, dándole una sonrisa an