Era como si el tiempo se hubiera detenido.
Estaba atrapado en un momento de terror que nunca se acababa, jamás se iba. Parados en un momento sombrío, donde solamente ella y yo estábamos presentes.
— ¡Luisa! — La llamé, sintiendo la desesperación consumirme. Pero ella estaba inmóvil en mis brazos. Pálida como la muerte. — ¡Háblame, mi ángel! — Imploré, conturbado. — ¡No me dejes, por favor!
Sus ojos estaban fijos en los míos. Su respiración estaba presente, pero era tan sutil que apenas se