Solo había puesto ese apodo ridículo para irritarme. Maldito miserable.
— No me llames Luisita — me quejé, dándole una mirada fulminante. Estaba hasta irritada porque no podía ver mi expresión de rabia—. Puede que no lo sepas, Rafael, pero soy excelente acertando puñetazos en la cara de gente cínica — amenacé, importándome poco si era uno de los más crueles torturadores de la mafia o si Rafael era el hombre que Dominic jamás admitiría eso.
— Dudo que sepas dar un puñetazo — dijo, como siempre b