(Un día antes)
Chloe salió del pasillo de los baños como una ráfaga de viento huracanado, impulsada por una mezcla de rabia y desesperación.
El mareo seguía allí, golpeando con insistencia las paredes de su cráneo, pero la presión de la humillación era mucho más fuerte que cualquier malestar físico.
Los invitados, al ver su expresión desencajada y su caminar errático, se apartaban instintivamente de su camino, creando un pasillo humano involuntario que la conducía directamente al centro del salón, donde Julian y Amber compartían risas con un grupo de accionistas importantes.
—¡Julian! —gritó Chloe. Su voz fue como un látigo que cortó de golpe la música de la orquesta y el murmullo de las conversaciones.
Julian se giró lentamente, y Chloe vio cómo su rostro pasaba de la molestia a una furia fría al darse cuenta de que su esposa estaba haciendo exactamente lo que él le había prohibido con amenazas: una escena pública.
—Chloe, basta ya. Estás haciendo el ridículo frente a todos —siseó él entre dientes, acercándose con rapidez para intentar tomarla del brazo y sacarla del salón a la fuerza.
—¿El ridículo? —Chloe soltó una carcajada amarga y seca, mientras las lágrimas que había contenido finalmente empezaban a rodar por sus mejillas—. El ridículo lo llevo haciendo años confiando en tus mentiras, Julian. El ridículo lo estoy haciendo ahora mismo, mientras todos en esta sala comentan a mis espaldas cómo te acuestas con tu asistente en los viajes de negocios que yo misma financio con mi patrimonio.
El murmullo en el salón se elevó de inmediato como el rugido de un mar agitado por la tormenta. Julian se puso lívido, pero no por vergüenza, sino por el daño a su imagen profesional.
—No sé de qué locuras estás hablando ahora. Estás borracha o simplemente estás perdiendo la cabeza por completo —declaró Julian con seguridad, mirando a los invitados como si buscara testigos de la supuesta locura de su mujer—. Amber es una profesional excelente y mi mano derecha. Lo que estás sugiriendo es una calumnia sin fundamentos.
—¡No es una calumnia! —Chloe señaló con el dedo tembloroso a las dos empleadas que salían del baño y se habían quedado paralizadas cerca de la entrada—. ¡Ellas lo dijeron! Dijeron que todo el mundo en la empresa lo sabe perfectamente. ¡Díganlo ahora! ¡Díganle a su jefe lo que estaban comentando hace un momento!
Sarah y su compañera temblaban de pies a cabeza. Julian las fulminó con una mirada cargada de odio, una mirada que prometía el despido inmediato y la destrucción absoluta si se atrevían a abrir la boca.
—Señora Chloe... de verdad, no sabemos qué le pasa —balbuceó Sarah, bajando la cabeza con cobardía—. Nosotros no hemos dicho nada de eso. Usted debe haber escuchado mal por el ruido... quizá sea el cansancio de la noche...
Chloe sintió que el mundo se volvía irreal y distorsionado. La traición no venía solo de su marido, sino de cada persona en ese edificio que prefería callar por miedo o conveniencia.
—¡Mienten! —gritó Chloe, abalanzándose hacia Julian en un arranque de impotencia. Lo agarró de las solapas del esmoquin, sacudiéndolo con todas sus fuerzas—. ¡Dime la verdad una sola vez en tu vida! ¡Mírame a los ojos y dime que no me engañas con ella en mi propia cara!
—¡Suéltame ahora mismo! —rugó Julian, tratando de apartarla con brusquedad.
En el forcejeo descontrolado, ambos chocaron contra una de las mesas auxiliares cargadas con botellas de vino tinto preparadas para el brindis. El escándalo fue estridente.
Las botellas cayeron, estallando contra el suelo en una explosión de cristal y líquido rojo que parecía sangre fresca esparcida por todas partes.
Amber, que había estado observando todo con una calma álgida, vio su oportunidad de oro. Mientras Julian y Chloe seguían forcejeando y los invitados gritaban horrorizados, ella se agachó rápidamente.
Sus ojos brillaron con una intrepidez psicópata. Sin que nadie pudiera verla entre el caos, tomó un trozo grande y afilado de una botella rota y se lo clavó con fuerza en su propio antebrazo.
—¡Ahhh! ¡Julian, ayuda por favor! —el grito de Amber fue desgarrador y agudo.
Julian se soltó de Chloe con tal ímpetu que ella perdió el equilibrio. Él se giró y vio a Amber en el suelo, rodeada de vino y con la sangre brotando de su brazo de forma alarmante, mezclándose con el líquido tinto sobre la alfombra.
—¡Hizo que me cayera! ¡Chloe me empujó a propósito sobre los vidrios rotos! —sollozó Amber, fingiendo un dolor agonizante mientras se abrazaba el brazo herido.
Julian se transformó en un segundo. La frialdad se convirtió en una rabia asesina dirigida exclusivamente a su esposa.
—¿Pero qué demonios has hecho? —le gritó a Chloe con un odio que ella nunca olvidaría.
—¡Yo no hice nada! ¡Ella se tiró sola, Julian! ¡Por favor, escúchame! —intentó explicar Chloe, estirando la mano hacia él en busca de justicia.
—¡Cállate ya! —Julian no la dejó hablar. Con un movimiento brusco y lleno de desprecio, empujó a Chloe con todas sus fuerzas—. ¡Aléjate de nosotros, monstruo!
El empujón fue tan impetuoso que Chloe voló hacia atrás. No tuvo tiempo de meter las manos para protegerse.
Su cadera chocó fuertemente contra el borde afilado de una mesa de madera maciza antes de caer pesadamente al suelo, justo sobre el charco de vino y cristales.
El dolor fue un relámpago eléctrico que le recorrió toda la columna vertebral, dejándola sin aliento.
—¡Llamen a una ambulancia ahora mismo! ¡Amber, mírame, vas a estar bien! —gritaba Julian, ignorando por completo a su esposa, que gemía de dolor en el suelo.
Él la levantó en brazos con una ternura que nunca más volvió a mostrar por Chloe, y salió corriendo del salón seguido por sus guardaespaldas.
Chloe se quedó allí. Sola. En medio del gran salón. Su hermoso vestido esmeralda estaba empapado de vino tinto, pareciendo una mancha de pecado y desgracia.
Los invitados la miraban con desprecio y una falsa compasión; para ellos, ella era simplemente la esposa celosa y loca que había intentado herir a una empleada inocente. Nadie se acercó a ayudarla.
Con un esfuerzo sobrehumano, Chloe se arrastró fuera del charco. Le dolía el vientre de una forma extraña. Un dolor agudo que empezó a crecer en su bajo abdomen.
Metió la mano en su bolso, que había quedado tirado cerca, buscando su teléfono para pedir ayuda, pero sus dedos rozaron un sobre blanco que el mensajero del hospital le había entregado antes de salir de casa y que ella no había tenido tiempo de abrir.
Con las manos manchadas de vino y temblando de frío, abrió el sobre con torpeza. Sus ojos recorrieron las líneas del informe médico.
Los términos técnicos se borraron hasta que solo quedaron dos palabras que brillaban con una intensidad espantosa en el papel:
RESULTADO: POSITIVO. SEMANAS DE GESTACIÓN: 6.
Chloe dejó caer el papel sobre el suelo manchado. Un sollozo desgarrador escapó de su garganta. Estaba embarazada.
Llevaba una vida dentro de ella; el hijo del hombre que acababa de empujarla contra una mesa para salvar a su amante. El dolor en su vientre se intensificó. Chloe se abrazó a sí misma, encogiéndose en posición fetal sobre el suelo frío del salón.
—Perdóname, pequeño... —susurró entre lágrimas, mientras las luces del salón empezaban a desvanecerse en su vista—. Perdóname por traerte a este infierno.
En ese momento, Chloe supo que su vida anterior había muerto oficialmente en ese charco de vino. Y que, desde ese instante, Julian pagaría con creces por cada gota de dolor y cada lágrima derramada.