Esa noche, la mansión Harrison finalmente quedó sumida en un silencio absoluto.
Era un silencio pesado, casi irreal, después de un día lleno de locos alborotos y carreras por los pasillos.
Liam dormía profundamente, abrazado a su peluche en su cama.
Y los trillizos, por un verdadero milagro divino,