Capítulo 4

(Un día antes)

Chloe se apoyó contra el frío mármol de los lavabos del baño de damas, respirando con una dificultad que le quemaba los pulmones.

El eco de la risa de Amber aún resonaba en sus oídos como una burla constante, mezclándose con la imagen grabada a fuego de Julian sosteniéndola por la cintura con una familiaridad que ya no guardaba para ella.

—Cálmate, Chloe. Por favor, no pierdas la cabeza ahora —se susurró a sí misma frente al espejo mientras abría el grifo con manos temblorosas.

Mojó sus muñecas con agua helada, tratando desesperadamente de bajar la temperatura de su cuerpo, que parecía estar ardiendo en llamas.

Al mirarse al espejo, odió profundamente lo que vio: una mujer hermosa y elegante, pero con una mirada cargada de una incertidumbre que la hacía ver vulnerable y frágil.

Ella no era así. Ella era la hija de un hombre que había construido un imperio desde la nada, con sudor y una voluntad de acero. Tenía que ser mucho más fuerte que una simple duda sembrada por una asistente ambiciosa.

Estaba a punto de entrar en uno de los cubículos para tener un momento de privacidad total y tratar de recomponerse, cuando escuchó la puerta principal del baño abrirse de nuevo.

Varias voces femeninas entraron al lugar, acompañadas por el repiqueteo rítmico de los tacones altos sobre las baldosas y el olor mezclado a cigarrillo y perfume barato.

Chloe, por puro instinto, se quedó inmóvil dentro del cubículo, sin cerrar el pestillo del todo para no hacer ruido.

No quería hablar con nadie en ese estado, mucho menos con empleadas que seguramente la saludarían con esa misma lástima que ya había detectado en el salón principal.

—¿Viste la cara de Chloe Miller? —dijo una voz que reconoció de inmediato como la de Sarah, de la recepción—. Estaba pálida, parecía que iba a desmayarse en cualquier momento frente a todos.

—Es que hay que ser muy descarada para aparecerse así —respondió otra mujer, soltando una risita cínica—. Amber ni siquiera intenta ocultarlo ya. ¿Viste ese vestido rojo? Es un mensaje directo para la esposa: "Ahora aquí mando yo".

Chloe sintió que el corazón se le subía a la garganta, obstruyéndole la respiración. Se quedó paralizada contra la pared, conteniendo el aliento para no ser descubierta.

—Lo que más me sorprende es que Julian se atreva a tanto precisamente en la gala de aniversario de la empresa de su suegro —continuó la primera voz, Sarah.

—Pobre mujer —suspiró la segunda con un tono que pretendía ser de lástima—. Tan elegante, tan perfecta, y su marido se está comiendo viva a la secretaria en su propia oficina todos los días. Me pregunto cuánto tiempo más tardará en enterarse de la verdad, o si es que prefiere hacerse la ciega por completo para no perder su estatus social y sus diamantes.

—Yo creo que de verdad no sabe nada. La tienen metida en una burbuja de cristal. Julian es un experto manipulador, y Amber... bueno, Amber es una serpiente de las peores. Algún día esa burbuja va a explotar y no va a quedar absolutamente nada de la señora Chloe Miller.

Un silencio pesado cayó en el baño, solo roto por el sonido de un labial cerrándose con un clic.

Dentro del cubículo, el mundo de Chloe terminó de derrumbarse. Ya no eran sospechas paranoicas ni inseguridades absurdas como Julian le había hecho creer.

Era un secreto a voces que la convertía en el hazmerreír de su propia empresa. De repente, la rabia, una furia ardiente y catártica, comenzó a hervir en sus venas, reemplazando el dolor del corazón herido.

Sin pensarlo dos veces, Chloe empujó la puerta del cubículo con una fuerza violenta que la hizo golpear contra la pared con un estruendo.

El sonido hizo que las dos mujeres, que estaban frente al gran espejo retocándose el maquillaje, dieran un salto de puro terror. Sarah soltó su polvera, que se hizo añicos contra el suelo.

—¿Hacerse la ciega? —preguntó Chloe, saliendo del cubículo con frente en alto —. ¿Es eso lo que realmente piensan de mí?

Las empleadas se pusieron pálidas en un instante. La arrogancia que mostraban hace un segundo se transformó en un pánico absoluto.

Sarah intentó balbucear una excusa, pero las palabras se le quedaron atoradas en la boca.

—S-Señora... nosotros no queríamos... —comenzó la otra, retrocediendo asustada hasta chocar con la pared del fondo.

—¡Cállense! —gritó Chloe —. Llevo toda la noche aguantando miradas de lástima y susurros venenosos a mis espaldas. ¡Díganmelo a la cara ahora mismo! Si están tan seguras de lo que hace mi marido con su asistente, ¡tengan el valor de decírmelo aquí y ahora!

Chloe se acercó a ellas con paso decidido, acorralándolas contra los espejos. Su pecho subía y bajaba.

—Dijeron que estuvieron juntos en Chicago. Dijeron que todo el mundo en la empresa lo sabe. ¡Hablen de una vez! —exigió Chloe, golpeando el mostrador con la palma de la mano.

Sarah empezó a temblar visiblemente.

—Señora, son solo rumores... chismes sin importancia de la oficina. Usted sabe cómo es de malintencionada la gente. Nosotros no sabemos nada de verdad, solo repetimos tonterías que escuchamos por ahí...

—¿Ah, sí? —Chloe se rió, con ironía—. Hace un momento sonaban muy seguras de sus palabras. Parecía que tenían pruebas de cada encuentro íntimo. ¡Díganme la verdad de una maldita vez! ¿Julian me está engañando con Amber? ¡Contéstenme!

—¡No sabemos nada, de verdad! —chilló la otra empleada, que ya estaba al borde de las lágrimas por el miedo—. Por favor, no nos meta en problemas con la gerencia. Solo somos empleadas, no queremos perder el trabajo por un chisme. Fue una tontería, estábamos bromeando para pasar el rato...

—¡Mentira! —rugió Chloe —. No estaban bromeando. Se estaban burlando de mí en mi propia cara. Se estaban burlando de la mujer que les paga el sueldo cada mes mientras mi marido me apuñala por la espalda con su ayuda.

Las dos mujeres intercambiaron una mirada de desesperación y, aprovechando que Chloe se llevó una mano a la cabeza debido a un repentino mareo que la hizo tambalearse, se deslizaron rápidamente hacia la salida principal.

—¡Lo sentimos mucho, señora Chloe! ¡De verdad no sabemos nada concreto! —gritaron antes de salir huyendo del baño como si hubieran visto al mismísimo diablo.

Chloe se quedó sola en el baño, rodeada por el aroma de los perfumes y el desastre de la polvera rota en el suelo. El silencio que siguió fue hondo y doloroso. Se miró las manos y notó que le temblaban de forma incontrolable.

El mareo que había sentido hace un momento volvió con mucha más fuerza, obligándola a sostenerse del lavabo mientras sentía que el estómago se le revolvía.

No era solo la rabia acumulada; era algo más profundo, una debilidad física que nunca antes había experimentado.

"No puedo quedarme aquí escondida. Tengo que enfrentar a Julian. Tengo que obligarlo a decirme la verdad delante de todos, así como todos se ríen de mí a mis espaldas", pensó con valentía.

Chloe se enderezó con orgullo, se limpió una lágrima solitaria que amenazaba con arruinar su maquillaje y salió del baño con una decisión suicida.

Ya no le importaba la gala, ni las acciones de la compañía, ni mantener las malditas apariencias. Solo quería la verdad, aunque esa verdad terminara de incendiar lo que quedaba de su vida.
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