Cap. 17: No todo está perdido.
Al amanecer, Ángelo salió de la habitación con los ojos enrojecidos, las profundas ojeras marcaban la falta de sueño y el peso del dolor que lo había consumido toda la noche. Al entrar en la habitación de su hijo, vio a una de las empleadas alimentándolo con un biberón. Sin decir palabra, le indicó suavemente que él terminaría.
—Yo me ocupo de él —dijo, extendiendo las manos para tomar al bebé.
La empleada, percibiendo la seriedad en sus ojos, le entregó al pequeño y se retiró en silencio. Ánge