La casa Montenegro era una caja de recuerdos para Valeria que, en este momento, se sentía casi destruida emocionalmente al pensar que su padre estaba en las últimas horas de su vida. Elena Montenegro salió a su encuentro y, al verla, cubrió su rostro; cuando lo destapó, abrió los brazos y rompieron en llanto.
—Mi niña querida —observó detenidamente su rostro por un momento y luego sonrió de nuevo—. Estás preciosa, mi amor —lloriqueó las palabras y Valeria la abrazó fuertemente.
—Gracias, mamita