POV: Vivienne
Zúrich era fría.
No el frío seco y polvoriento del desierto.
Sino un frío limpio. Aséptico. El frío del dinero viejo y las leyes inquebrantables.
Vivienne Delacroix-Salib ajustó el cuello de su abrigo de cachemira.
Estaba sentada en una sala de conferencias privada del bufete Hofmann & Partners.
Frente a ella, una pantalla gigante mostraba tres ventanas de video.
Londres. Nueva York. Singapur.
Tres abogados tiburones que costaban mil dólares la hora.
Vivienne no tenía ese dinero.
Pero tenía algo mejor: información privilegiada.
—Señora Delacroix —dijo el abogado de Londres, un hombre con acento aristocrático—. Hemos revisado los archivos que nos envió.
—¿Y bien? —preguntó Vivienne.
Su voz era tranquila. No había rastro de la madre llorosa que había firmado su renuncia hace tres años.
Hoy era la hija de un diplomático francés.
—Es... irregular —dijo el abogado de Nueva York—. El juez Al-Mansour aceptó pruebas de "inestabilidad mental" sin un peritaje independiente. Eso vi