POV: Vivienne
Zúrich era fría.
No el frío seco y polvoriento del desierto.
Sino un frío limpio. Aséptico. El frío del dinero viejo y las leyes inquebrantables.
Vivienne Delacroix-Salib ajustó el cuello de su abrigo de cachemira.
Estaba sentada en una sala de conferencias privada del bufete Hofmann & Partners.
Frente a ella, una pantalla gigante mostraba tres ventanas de video.
Londres. Nueva York. Singapur.
Tres abogados tiburones que costaban mil dólares la hora.
Vivienne no tenía ese dinero.