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Ana.
Despierto entre unas sábanas de seda, las cuales me acarician la piel que, hasta hace unas horas, era recorrida por los labios de Levy, mi amante, quien se encargó de ejercer su rigor de macho, nuevamente, igual que lo ha hecho desde casi el mismo instante en que lo he conocido.
Entonces, me giro para encontrarme con él y que me acune entre sus brazos, con la esperanza de que se vuelvan a despertar sus apetitos por mí.
Pero, él está de pie, colocándose su pantalón y dispuesto a irse, s