Charles y yo paseábamos por la playa, como hacíamos cada tarde. La brisa marina era una gozada y las olas rompían suavemente cerca de la orilla.
—¡Estas vacaciones son lo mejor! —le dije a Charles—. Gracias de nuevo por traerme.
Charles sonrió. —¡De nada! Me alegro de que estés desconectando.
Caminamos en silencio un rato, disfrutando de la compañía mutua y del paisaje. Entonces, Charles dijo algo que me dejó de piedra.
—Qué pena que Nathan lo echara a perder con una mujer tan estupenda como tú