Me recosté en la silla, reflexionando sobre la propuesta de papá, que me observaba pacientemente. Por un lado, el puesto me venía de perlas: me mantendría a tope y podría demostrar lo que valgo. Pero trabajar codo con codo con mi padre también me daba un poco de rollo.
—Papá, ¿no crees que la gente va a decir que solo he conseguido el trabajo por ser tu hija? —le pregunté.
Papá le restó importancia con un gesto de la mano. —Ni hablar. Estás más que preparada para el puesto, de sobra. Cualquiera