Gabriel se tensó, pero no se movió. Su ojo izquierdo se contrajo mientras luchaba contra mi orden, los hombros temblándole por el esfuerzo.
Al final, algo en él cedió.
—No lo creo, Luna —se burló. El título sonó más como una ofensa que como respeto—. No soy tu chico de los recados.
Parpadeé, aturdida por su desafío.
—Gabriel, te dije…
—Escuché lo que dijiste —me cortó—. Y decidí que no voy a obedecer a una Luna débil y patética que tiene que usar su cuerpo para conseguir lo que quiere.
El callej