Cuando llegó mi turno, me acerqué a la mesa decidida a hacerlo mal. Pensaba derramar el té, manchar aquel mantel blanco inmaculado o, por qué no, tomar la cuchara equivocada para el azúcar.
El problema fue que, en cuanto puse las manos sobre la tetera, mi cuerpo recordó lo que mi cabeza quería olvidar.
Calenté las tazas sin siquiera pensarlo. Medí las hojas de té con precisión y vertí el agua caliente con un movimiento seguro. Después acomodé los acompañamientos en la bandeja y hasta añadí una p