—Cuidado, Omega —gruñó uno de los hombres al pasar junto a mí, sin siquiera molestarse en mirarme, cuando casi chocamos.
Me aparté para dejarlo pasar y abrí la boca para responderle, pero él ya había desaparecido por el pasillo.
Me giré entonces y vi a Alexander de pie frente a la puerta del despacho, observándome con una expresión curiosa.
Por fin.
Después de tres horas esperando, esta era mi oportunidad.
—Necesito hablar con usted —dije, sin hacer una reverencia ni el menor intento de saludar