Dejó a Juanita fuera del salón, mientras Isabelita entraba con la cabeza en reverencia. El suelo de mármol blanco bajo sus pies brillaba tanto que podía reflejar su imagen, y en cada rincón se respiraba una opulencia deslumbrante, el paisaje era de notoria pulcritud.
Alzó la vista rápidamente y, de reojo, vio a una mujer sentada en una silla de respaldo cruzado en el centro de la sala. Vestía una lujosa túnica púrpura, con el cabello recogido en un elaborado moño adornado con joyas resplandecien