El Rey Benito tenía la mente enredada en mil pensamientos, pero solo uno emergía con claridad: bajo ninguna circunstancia permitiría que su hermano mayor, Su Majestad, tomara a Isabella Díaz de Vivar como concubina. Una mujer como ella, incluso si ya no volvía al campo de batalla, no debía ser prisionera tras los muros altos y sombríos del harén.
—¡Hermano! No puede entrar al palacio. No estoy de acuerdo, ella está bajo mi mando, y no puede arrebatármela sin más. Ni siquiera le has preguntado qu