Él la miraba como si fuera una extraña, como si la Desislava que tenía delante no fuera en absoluto la misma mujer de la que se había enamorado. Ahora la veía como un demonio, cruel y sanguinario.
Había renunciado a todos sus logros militares para casarse con ella, traicionando a Isabella en el proceso. Se sentía como el mayor traidor del mundo.
Recordó todas las veces que ella había hablado de lealtad y justicia, de cómo una mujer no debía estar confinada al hogar, sino asumir la responsabilida