El hombre, alterado por el camarero, le pasó su tarjeta mientras maldecía una y otra vez.
Al mismo tiempo, que me abrazaba con fuerza, como si temiera que me escapara en cualquier momento.
Me acurruqué entre sus brazos, sin atreverme a levantar la mirada, muerta de miedo de ser identificada en cualquier momento.
Mientras ellos pasaban la tarjeta, aproveché para observar de manera discreta a mi alrededor.
No había solo un camarero cerca, y si armaba un escándalo en ese momento, quizás me descub