Además, era bien sabido que Hernán siempre fue a buscarme delante de la puerta del edificio del dormitorio, así que estaba claro que las palabras de esa señora escandalosa no eran confiables.
—Señora Hernández, sería mejor que no cause más problemas. Si me lastima, asumirá la responsabilidad.
—No digas tonterías. Nadie puede hacer algo en mi contra.
Iba a abofetearme, pero una voz le detuvo:
—Madre, ¿por qué estás aquí?
Era Hernán. ¿No estaba en el hospital? Me sorprendí y me di la vuelta para v