En cuanto a Ana, ni siquiera me miró, y estuvo murmurando en voz baja con Pedro.
A nadie pude acudir en ese momento crucial. ¿Qué error había cometido? No entendía.
Parecía que todos estaban enfados conmigo, pero ¿en qué me equivoqué exactamente?
Regresé a mi asiento con desconcierto, mirando la mesa llena de deliciosos platos, pero ya no tenía apetito.
Martín no pronunció ni una palabra más, pero no dejaba de beber una copa tras otra.
Mientras todos, los demás comieron en silencio. La atmósf