—¿Estás segura? —preguntó Joseph.
No sabía por qué, pero algo dentro de él le pedía a gritos que lo impidiera, mientras que la otra, la más consciente, le decía que lo hiciera; a fin de cuentas, era lo que habían pactado.
—Sí, estoy segura. No quiero tener nada que ver contigo. Podemos seguir viviendo juntos por Malena y por John. Pero, una vez tengamos el certificado de divorcio, dejarás de controlar mi vida. Podemos colaborar el uno con el otro. No te odio, Joseph. Simplemente, no quiero ser